Un cuento de regalo sobre la noche más mágica del año, la noche de Reyes.

La noche más mágica. Cuento de regalo

La noche más mágica.


Hace ya muchos años, cuando era un niño bastante travieso pero lo suficientemente pícaro y truhán cómo para que todas las personas mayores me pusiesen en un pedestal ante mi mamá se corrió la voz entre mi pandilla de amiguetes de que los Reyes Magos ¡NO EXISTIAN! …
Devastadora noticia que hizo mella en todos.
Quién nos puso al tanto de tan catastrófica nueva fue ni más ni menos que uno de los componentes de aquel grupo de pequeños elementos asilvestrados que formábamos. Y claro, digno de una confianza ciega por nuestra parte que una cosa es que nosotros mintiésemos hasta en lo que nos callábamos a los mayores y otra muy distinta mentirnos entre nosotros. Aquello habría sido considerado crimen de lesa majestad y recibido justa condena con lo cual sus palabras para nosotros eran el evangelio.
Los Reyes Magos no existían. Desde aquel momento, oficialmente debíamos dejar y de hecho dejamos de creer que nunca hubiesen existido tan maravillosos seres.
A regañadientes y planteando muchísimas dudas, interrogando al mensajero de tan malas nuevas sobre las fuentes, analizando la noticia en todo su alcance el comité que formábamos después de horas de debate intentado negar, rebatir, demostrar la falsedad de aquellas crueles palabras llegamos al fin a bajar nuestras cabezas amuebladas con travesuras, viajes imposibles, mentiras infumables, delitos inconfesables y fechorías pendientes de realizar asumiendo la realidad.
Una fría lámina de hielo se depositó en nuestros pequeños corazones. La desolación más absoluta y la tristeza nos mordieron con sus fauces hundiéndonos en una apatía desconocida en aquel grupo. Lo que fue celebrado en la barriada en que habitábamos y sus aledaños por indígenas y forasteros con gran alegría pues ni ánimos nos quedaron para continuar con el durísimo trabajo que nos teníamos impuesto desde que usábamos de razón de aterrorizar a todo gato o perro que por allí rondaba, asaltar edificios en construcción para nuestras aventuras, organizar batallas campales contra los ejércitos de los barrios colindantes, amargar la existencia de los profesores que amargaban la nuestra en su horario laboral, asustar señoras mayores con petardos dignos de formar parte del arsenal de un ejercito, amenizar la vida de las prostitutas y sus clientes del club de alterne del barrio con nuestras barrabasadas…, y otras tropelías que mejor será que deje guardadas no sea que aún no hayan prescrito a los ojos de la justicia.
Y a partir de la aceptación de aquella realidad ¿que? Todo había cambiado en nosotros. Hasta los viejos del barrio viendo tal apatía en aquella cuadrilla de zánganos comenzaron a temer seriamente que de un momento a otro les robaríamos su pequeño trozo de parque para jugar a la petanca, hacer competiciones de enfermedades gravísimas, contar batallas y heroicidades de otro cómo propias y criticar todo aquello que tuviese menos de 70 años arrebatándoles sus labores de viejos para quedárnoslas nosotros.
Tan decaídos estábamos.
Mi madre comenzó a sospechar algo casi inmediatamente, me conocía demasiado bien como para esconderle nada. Aunque yo intentaba convencer a mi cabecita que ella era ajena a mis correrías infantiles junto a mi pandilla y que cuando me interrogaba respecto a algún suceso del que éramos sospechosos las coartadas urdidas por mi la convencían de mi absoluta inocencia, siempre tuve serias sospechas de que ella siempre iba un par de pasos por delante de mi y las mas de las veces, al no ser actos de muy graves consecuencias me hacia creer que aceptaba mis palabras como buenas con una media sonrisa que luchaba por no convertirse en una carcajada.
Lo mismo observaba en ella cuando algún familiar, vecina o conocida se deshacía en halagos sobre mí alabando mi buen comportamiento y educación ante personas civilizadas. Mi madre, aceptaba los elogios ensalzando mi comportamiento a su vez mientras me miraba de reojo con un "menudo bandido estas tu hecho que te camelas al mismísimo diablo, pero yo te conozco demasiado bien, que te he parido" escrito en sus ojos.
Al fin una noche antes de mandarme a dormir me preguntó el motivo de mi apatía y la misteriosa tregua de travesuras que padecía el barrio. Negué que me ocurriese nada extraño en absoluto y por supuesto juré sobre las Escrituras saber ni el más mínimo detalle de travesura alguna.
Las dos respuestas sonaban falsas hasta al sordo más sordo y ciego del mundo. Pero yo en mi inocencia pretendía que mi buena madre comulgara con piedras de molino tamaño xxl las mas de las veces. Así que mirándome de arriba abajo quizá admirada por mi desfachatez me mando sentar a su lado.
Vale, no sabes nada de ninguna travesura. Me dijo, pero algo te ocurre y quiero saberlo, seguramente os habéis pasado en alguna gamberrada y estaría bien que me lo dijeses para saber a que atenerme cuando me entere de que barbaridad nueva han hecho esos pequeños gamberros entre los que tu no estas por supuesto.
No me quedaba otra mas que contarle aquello que me tenia cabizbajo y abatido pues estaba muy claro que no pensaba conformarse con ninguna historia por bien argumentada que saliese de mis labios que no fuese la mas absoluta y fiel realidad, así que decidí contárselo confiando internamente en que como siempre ella encontrase alguna palabra que me confortase.
Me miro largo rato una vez terminé de contarle que ya sabia que los Reyes Magos eran un cuento para niños pequeños e inocentes y que me sentía algo idiota por haber creído durante tanto tiempo en ellos. Incluso le reproché haberme mentido al respecto.
Solo me miraba, muy seria y pensativa. Al fin me dio un cálido abrazo y me dijo ¿estas seguro?, ¿de verdad crees que es así, que no existen ni han existido nunca? Asentí con la cabeza y se rió. Recuerdo con absoluta claridad aquel día y su risa tan alegre en algunos momentos, de vez en cuando resuena en mi cabeza trayendo a mi memoria momentos muy felices.
Me dio un abrazo tierno y lleno de calor y me dijo, vamos a ver pequeño trasto.
Los Reyes Magos existen, hay personas que prefieren no creer en ellos para no creer en la magia y en cosas inexplicables que les hacen sentirse poca cosa o que no lo saben todo sobre cualquier cosa extraordinaria que sucede.
Estas personas prefieren negar la existencia de los Reyes, buscan trucos en la magia y necesitan una explicación racional a todo. Tienen miedo de lo inexplicable y de lo que no pueden controlar. Así se sienten mejor negando la existencia de hechos fantásticos pues todo debe tener una explicación lógica, sin misterios.
Eres un gran observador desde que viniste al mundo, fíjate en esas personas, observa y veras que siempre están preocupadas por algo, que son más serias, que les cuesta mas reír por cualquier tontería. Viven con la cabeza más que con el corazón. Sus sueños no son de fantasías y aventuras imposibles llenas de magia.
Yo creo en los Reyes Magos..., o mejor te diré que yo se que existen y que hay noches llenas de magia y de sucesos inexplicables y maravillosos en las que muchos sueños se hacen realidad y la noche de Reyes es una de ellas. Tu lo sabes, por eso estas tan pensativo y le das tantas vueltas, por que no puedes creer que no exista la magia, por que tu tienes una gran imaginación y crees en la magia de los sueños.
Y ahora a la cama, faltan solo un par de semanas para Navidad y hay muchas cosas por preparar y te quiero descansado mañana para ayudarme.
Con la cercanía de la Navidad y las merecidas vacaciones de nuestros sufridos profesores, fuimos volviendo a la normalidad y dejando sino olvidada, si en un rincón oscuro de nuestras cabezas la noticia que pretendía introducirnos en el serio mundo de la madurez.
Volvimos nuestros habituales desmanes y el barrio recupero su normalidad. Me atrevería a asegurar que el vecindario echaba de menos nuestras habituales travesuras pues durante el tiempo que duro nuestra apatía los adultos andaban como preocupados y preguntándose constantemente entre ellos si había ocurrido algo fuera de lo normal y recibiendo siempre una negativa por respuesta lo que increíblemente no les alegraba como debía esperarse.
Quizá nuestras gamberradas fuesen parte indispensable de la vida del barrio y una chispa de entretenimiento en la vida de personas tan ocupadas en sus trabajos y tan esforzadas en la lucha diaria que cada una de nuestras barrabasadas conseguía por unos días que olvidasen sus cargas y problemas para comentar entre ellos nuestra nueva hazaña. Algunas veces, cuando creíamos haber hecho una tropelía gracias a la cual nos maldecirían por el resto de nuestros días, descubríamos asombrados que pasado el primer momento, al poco de haber sido cometida la gamberrada, la comentaban entre risas lo que nos llenaba de asombro y hacía que fuese aún menos comprensible a nuestros ojos el mundo de los adultos.
Fue una hermosa Navidad. A pesar de cosas que no vienen a cuento, lo fue.
Como todas.
Mi madre se empecinaba en que la Navidad fuese feliz y alegre, pesase a quien pesase y ponía todo su empeño en sacar sonrisas y en poner alegría en el alma de todos los que la rodeábamos. A veces hasta amenazando si no sonreíamos y cantábamos villancicos cuando lo ordenaba con quitarse la zapatilla, arma esta en la que ostentaba cinturón negro por lo menos y que manejaba con envidiable maestría cuando llegaba el caso. Creo que todas las madres por aquellos tiempos recibían un entrenamiento especial en el uso de tan temible arma pues según oía de mis hermanos de fechorías sus respectivas mamas también dominaban con bastante soltura el susodicho calzado a la hora de aplicarnos algún correctivo necesario muy educativo todo sea dicho.
Y al fin llego el ansiado día de vísperas de reyes. La verdad es que mis amigos y yo no habíamos hablado más sobre la existencia de los Magos de Oriente. Habíamos decidido tácitamente no comentar más el asunto quizá por no abrir aquella herida o tal vez por no llegar a un enfrentamiento entre nosotros por la defensa de una u otra creencia.
Así que sería mejor en adelante negar que existiesen para no ser considerado un niño inocente, lelo y poco digno de formar parte de aquella partida de bravos machotes que era nuestra pandilla.
Recordando aquel día, hoy se que todos habíamos escrito nuestras cartas llenas de peticiones de maravillosos juguetes, algunos inalcanzables sueños y promesas bastante increíbles de modificar nuestro comportamiento por el resto de nuestros días.
Cómo cada año Melchor, Gaspar y Baltasar o su departamento de logística que debía ser bastante grande para atender a tantos, leerían nuestras esperanzadas misivas, sonreirían con nuestras promesas y supongo que se echarían las manos a la cabeza al ver las inacabables listas de artículos a los que teníamos el mas absoluto de los derechos según nosotros mismos para después de un conveniente recorte poner a los pies de nuestras camas lo que ellos consideraban o podían permitirse y que no tenía por que coincidir en absoluto con nada de lo solicitado en la carta pero que nos hacía igualmente felices en la maravillosa mañana de Reyes.
Pasamos el día entre recados ordenados por nuestras respectivas madres, padres y mayores y todos estábamos especialmente solícitos con ellos y nuestros juegos habituales. Pero todos estábamos especialmente contentos y alegres, había una emoción especial flotando sobre nosotros. Negaríamos su existencia, pero todos creíamos en Ellos.
Aquella noche dejaron que mi hermano pequeño y yo nos quedásemos hasta tarde viendo la tele y jugando. Yo no podía ni pensar en dormir y el aunque demasiado pequeño para comprender lo especial de la noche estaba contento por poder ir mas tarde a la cama y por que a la mañana siguiente encontraría regalos.
Cuando llego la orden de acostarse yo estaba determinado por supuesto a desentrañar aquella noche el misterio de los Reyes Magos. Pasaría la noche en vela con tal de descubrir quienes colocaban regalos a los pies de nuestras camas.
Tenía dos firmes sospechosos, pero debía pillarlos in fraganti para que no me pudiesen camelar al día siguiente con mas cuentos.
La magia sucede de noche.
La oscuridad, el silencio roto por lo que nos pasa desapercibido durante el día, la quietud del mundo que duerme, la luz de la luna que entra por las ventanas y da a todo un aspecto diferente…, la magia sólo puede suceder de noche, en el reino de los sueños donde todo es posible y hasta las penas mas grandes se pueden olvidar por unas horas para vivir aventuras maravillosas e historias fantásticas en mundos creados por nosotros con nuestros deseos haciéndose realidad.
Mi exacerbada curiosidad por saber consiguió mantenerme despierto a muy duras penas. De vez en cuando el sueño atacaba con fuerza y amenazaba con vencerme pero conseguí llegar en un estado de duermevela hasta que muy de madrugada unos ruidos apagados llamaron mi atención. Con un terrible miedo a ser descubierto, acompasé mi respiración y cerré los ojos confiando en que no se notase que estaba al acecho.
Los ruiditos seguían, acompañados de alguna palabra susurrada que por más que aguzaba el oído no conseguía entender.
La espera se prolongaba y cada vez me era mas difícil mantenerme alerta, el sueño estaba por ganarme la partida pero no podía rendirme, necesitaba desentrañar el misterio a toda costa.
Al fin los susurros y ruiditos cesaron, se hizo un silencio absoluto y mi expectación se acrecentó. Me asaltó una terrible duda, ¿Habían pasado los Reyes y dejado sus regalos sin que me diese cuenta?, o la mas horrible de las posibilidades, ¿habían percibido que yo estaba despierto, al acecho y decidieron no dejar mis juguetes?.
Mi cabeza daba vueltas a las dos posibilidades y me iba invadiendo un gran nerviosismo por no saber que había ocurrido.
No me atrevía a levantarme de la cama para comprobar que había pasado, pero ¿y si entraban en ese momento y me descubrían?
De pronto la puerta de la habitación se fue abriendo muy despacio dejando pasar una rendija de luz muy tenue. Mi pequeño corazón se aceleró de una forma exageradamente fuerte, estaba seguro de que los latidos retumbaban por toda la casa y que estaban siendo oídos hasta por los vecinos. Estaba convencido de que me habían descubierto y que aquello tendría gravísimas consecuencias.
Al amanecer desperté antes que mi hermano que dormía plácidamente en la cama de al lado. Presa de una intensa emoción me asomé a los pies de mi cama...
El corazón me dio un vuelco, varias cajas esmeradamente envueltas en papeles de vivos colores yacían en el suelo.
Desperté a mi hermano a empellones y gritos para desentrañar entre los dos los misteriosos regalos que ocultaban aquellos envoltorios.
Los habría abierto todos yo solo de muy buena gana sin decirle ni pío al enano pero hacia muy pocos días que haciendo practicas de tiro le había abierto una brecha en la cabeza de una certera pedrada, así que el sentimiento de culpa hizo que necesitase compartir con el aquel maravilloso momento. Bueno, creo que incluso sin la pedrada de por medio también le habría hecho acompañarme en aquel mágico momento.
Una vez con los amigos, todos felices y contentos a cual mas orgulloso con sus nuevos regalos pero envidiando por lo bajini la inmensa suerte de alguno de los compañeros al que los Reyes habían beneficiado mas salió el tema, como no.
La opinión generalizada era la certidumbre de la no existencia de Sus Majestades de Oriente. Aunque me pareció observar en algunos de mis compinches un tono dubitativo y poco convencido de tal cosa aunque ninguno habría reconocido jamás seguir creyendo en los Reyes delante del resto.
Yo, como los demás también negué su existencia. Quizá aquello fuese un importante paso en nuestras vidas en el camino hacia convertirnos en adultos. Quizá en aquel momento dejamos una parte de nuestra infancia detrás de nosotros, como un recuerdo.
El caso es que yo atesoraba algo que contradecía totalmente lo que negábamos tan fehacientemente. Algo que sucedió la noche anterior durante mi vigilia y que nunca habría confesado a mis socios, de hecho hoy es la primera vez que cuento algo de aquella mágica noche.
Cuando la puerta de mi habitación comenzó a abrirse suave y silenciosamente, cerré los ojos con más fuerza de la que era normal para parecer dormido y mi respiración por más que intentaba que pareciese acompasada y pausada como la del que duerme ajeno a todo, era algo agitada.
En ningún momento tuve el valor de abrir los ojos, ni una rendija siquiera.
Los mantuve cerrados con fuerza mientras oía el leve susurro de pasos y movimientos silenciados dentro de cuarto.
Sentí que una presencia se acercaba a mí y el olor de un perfume conocido. Un leve aliento rozó mi oído y me hizo cerrar aun mas fuerte los ojos y sentirme petrificado mientras uno de los Reyes Magos en un leve susurro me decía,
La magia no se puede explicar ni entender y cuando creemos y tenemos fe en ella nuestros sueños son muchísimo mas hermosos.
No oí ni sentí nada mas aquella noche, me dormí al instante a escuchar esas palabras. Un sueño profundo y gratificante que me acogió con la certeza absoluta de haber desentrañado el misterio.
Los Reyes Magos existen.
Creí en ellos cuando era niño y ahora, a estas alturas de mi vida sigo creyendo y se que esta noche vendrán de nuevo como cada año para hacer de esta la noche mas mágica.

 

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