Hay cosas que tenemos en la nevera que, directamente, “no son comida”. Aquí entrarían sobre todo, “bollería, galletas, snacks, barritas y otros alimentos que utilizan aditivos, ingredientes de mala calidad y que son, en definitiva, productos nuevos creados a partir de procesos industriales”.

Lo peor de todo es que existen numerosos alimentos en el mercado que, bajo una apariencia saludable, nunca más volveríamos a tomar si supiésemos cómo y de qué están hechos. Estos son algunos de ellos.

Embutidos como jamón york o pechuga de pavo

“Mucha gente cree que se está cuidando cuando toma pavo o jamón de York, dos productos que tienen una fama injustificada de saludables”, cuando en realidad “si miras los ingredientes de estos derivados cárnicos procesados, la mayoría tiene entre un 60% y un 80% de carne, lo que significa que el resto es relleno”.

Otros embutidos

“La OMS es concluyente: tanto las carnes como los derivados cárnicos podrían ser cancerígenos”. Aunque según Saavedra no es comparable un taco de jamón serrano a uno de mortadela o chopped, “que no es más que la peor carne de cerdo triturada, con grasa inyectada, sales y aditivos”, es conveniente evitar en la medida de lo posible cualquier derivado cárnico.

Patés 

Además de contener hígado de cerdo, el paté lleva una gran cantidad de féculas (para homogeneizar y dar estabilidad a la mezcla entre carne y agua), tocino y carne magra, además de harina, proteínas de leche, estabilizantes y sal. De hecho, una cucharada pequeña de paté contiene alrededor del 20% de la sal que la OMS recomienda consumir en un solo día, además de nitritos y, en gran parte de casos, glutamato monosódico, un potenciador de sabor muy utilizado presente en gran cantidad de productos ultraprocesados.

Póstres lácteos 

"A los postres lácteos hay que tratarlos como lo que son: postres”. Y no solo hablamos de flanes, natillas o copas de nata y chocolate, sino de cualquier yogur natural azucarado. “Un yogur azucarado estándar de 125 g contiene un 13% de azúcar, lo que se traduce en alrededor de 15 g, es decir, dos sobres”, una barbaridad teniendo en cuenta que la OMS recomienda reducir al máximo el azúcar de la dieta y consumir como máximo entre 20 y 25 g diarios.

Tomate frito

Es una bomba de relojería a nivel de azúcar: el tomate frito procesado.

Es fundamental, por tanto, fijarse muy bien en las etiquetas de las latas de tomate frito, pues es fácil creer que estamos comiendo sano cuando en realidad “podemos estar ingiriendo hasta 9,4 terrores de azúcar en un botecito pequeño, que nos da para un par de platos de pasta”.

Aguas saborizadas

Su sabor no procede de las frutas, sino de edulcorantes y aditivos. Además tiene una gran cantidad de azúcares que contienen buena parte de bebidas que la industria nos vende como saludables, “desde el té verde de Starbucks, que contiene nada menos que 10,5 terrones de azúcar en un solo vaso, o una bebida de soja y naranja, que también se presenta como presuntamente saludable, y contiene 6,5 terrones de azúcar”.

 

Palitos de cangrejo

Los palitos de cangrejo, elaborados con surimi, cuya composición consta de la carne de pescados con poca salida comercial a los que se extrae el agua para crear una pasta que se mezcla con azúcar, sal, harina, clara de huevo o fosfatos, entre otros.

Al igual que ocurre con salchichas y embutidos, “el surimi suele contener los pescados de peor calidad”, como el abadejo de Alaska, un pescado de discreto sabor al que se añaden saborizantes para imitar el gusto de otros de mayor calidad, desde el cangrejo a la langosta.

Gelatinas

Su aporte de nutrientes es bajo, que la proteína procedente del colágeno es de baja calidad y que las gelatinas que encontramos en el mercado suelen llevar una gran cantidad de azúcar y saborizantes, ya que por sí sola no sabe a nada. “Si de verdad queremos un tentempié a base de proteína, la mejor opción es llevarnos al trabajo un par de huevos duros”, recomienda.

Alimentos que nunca tomarías si supieses cómo están hechos
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