Olga Carmona es psicóloga de Psicología Ceibe y a diario trata en su consulta a personas que arrastran grandes vacíos que ella intenta ayudar a reconocer y recolocar

No existe una forma más destructiva de maltrato que la falta de amor hacia un niño por parte de sus padres, especialmente de la madre. Somos seres gregarios, el serlo nos ha permitido sobrevivir siendo tan vulnerables e indefensos al nacer. Necesitamos de otros para poder ser. Hay numerosos estudios que demuestran que cuando un recién nacido no recibe contacto físico puede enfermar hasta morir. Aprendemos a relacionarnos con el mundo y quienes lo conforman a partir de esta experiencia primera, donde el recién nacido no puede distinguir entre su madre y él, creyendo que son una única entidad, un continuo. El psicólogo John Bowlby, creador de la teoría del apego, en su monografía para la Organización Mundial de la Salud, presentó la hipótesis de que «el recién nacido y el niño deben experimentar una relación continua, íntima y cálida, con su madre (o madre sustituta permanente) cuya falta puede acarrear consecuencias significativas e irreversibles para la salud mental». Este fue el primero de muchos estudios que corroboraron una y otra vez cómo la ausencia de amor parental creaba estructuras psíquicas desorganizadas que afectaban a muchas áreas de la personalidad. La falta de afecto maternal produce un estado de avidez afectiva y un patológico miedo a ser abandonado, tanto si la privación de afecto ha sido real o percibida. Esto se traduce en un estado crónico de búsqueda afectiva que compense el agujero, muchas veces indefinible, que arrastramos de por vida.

Es muy importante disfrutar de una infancia llena de amor y contención para evitar lo que se llama adolescentes tiranos. Para ella la mejor manera de combatirlo está en la máxima expresión del amor lo que no supone, jamás en ningún caso, no poner límites claros a los niños sobre lo que está bien y lo que está mal. Pero los límites no pasan ni por gritos ni por maltrato físico o psicológico.

Debemos proporcionarles una infancia llena de amor pero también evitar la sobreprotección, desde el punto de vista de la educación y la crianza, tiene que ver con inhibir o evitar las posibilidades de crecimiento de los niños, es decir, hacer por ellos las cosas que pueden hacer, no dejar que asuman responsabilidades, tomar todas las decisiones por ellos, en suma, bloquear su desarrollo evitándoles que aprendan las competencias necesarias para la vida y por tanto, inhabilitándoles para desenvolverse en ella. La sobreprotección también tiene que ver con el comportamiento sumiso y no asertivo de los padres, con la no equidad a la hora de defender los derechos de todos y cada uno de los miembros que componen la unidad familiar. Todo esto se traduce en un niño que dado que no puede decidir, ni resolver nada, ni desarrollar ninguna competencia, se siente profundamente inútil y su autoestima se resiente. Cuando uno se sabe inepto, es más que probable que derive en agresividad. Esto además se acompaña de un egocentrismo que impide la maduración del individuo ya que le provee de una falsa autoestima.

Y no tienen nada que ver con la sobreprotección: mimar es dar afecto, cuando hacemos algo con mucho mimo queremos decir que estamos poniendo mucho cuidado y cariño en ello. Y eso nada tiene que ver con sobreproteger:

•No es sobreprotección abrazar, escuchar, contener, comprender y respetar a nuestros hijos.

•No es sobreprotección ayudarles a encontrar sus caminos para resolver un conflicto.

•No es sobreprotección cuidarlos y protegerlos de aquello para lo que aún no tienen recursos, como sí lo es seguir haciéndolo cuando ya están capacitados para hacerlo.

•No es sobreprotección tener en brazos a un bebé todo el tiempo que se pueda, ni amamantarlo tanto como la madre y el niño acuerden, porque ese vínculo les dará la fuerza y la seguridad necesaria para exponerse al mundo después y aprehenderlo.

Es muy frecuente confundir compensación con contención: cuando un niño se siente frustrado o triste o enfadado porque algo no ha salido como él deseaba, tendemos a compensarle (casi siempre con regalos o alguna otra fórmula sustitutiva) en lugar de contenerlo. Ponernos en su lugar, comprender lo que está sintiendo, acompañarlo, abrazarlo y dar espacio y reconocimiento a esa emoción sería darle la oportunidad de aprender a manejar una emoción negativa, en un entorno emocional de seguridad y afecto. Así es cómo se aprenden los mimbres necesarios para navegar después por la vida. Compensarlo para que no se sienta mal, con un regalito, sería sobreprotección dado que estaríamos evitándole un aprendizaje esencial. No estoy diciendo que haya que exponer premeditadamente a los niños a situaciones difíciles o dolorosas, sino que cuando éstas se producen de forma natural, son excelentes oportunidades de aprendizajes que no podrán hacerse de otro modo.

La falta de amor nos pasa factura toda la vida 

Hay muchos ejemplos conocidos de personas que aunque han alcanzado éxitos sociales, laborales, económicos, y exponen al mundo una fachada impecable de éxito vital, son muertos vivientes poniendo toda su energía en llenar el abismo afectivo que llevan dentro. Marilyn Monroe sería uno de ellos y como todos sabemos nada de lo alcanzado en su vida de adulta pudo compensar una infancia desprovista de amor poniendo fin a su vida voluntaria y prematuramente. Sin llegar a estos extremos, donde la muerte psíquica sólo antecede a la física, en nuestro día a día estamos rodeados de personas que tratan en vano de llenar ese vacío (que llamamos existencial, aunque realmente es afectivo) por los caminos más diversos, pero naufragando en lo personal con profundos sentimientos de vacío y soledad que produce la incapacidad para amar y ser amados.

No existe un maltrato más destructivo que la falta de amor de unos padres a un hijo
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